En días como estos es que a veces te extraño, cuando nada resulta y no me puedo sacar ese pantalón yeto de la mente y del cuerpo, porque la mala suerte la tengo incrustada profundamente en mi vida, y es como una cicatriz que ni un rayo láser podría borrar o una mochila que pesa como mil años de vida. En días como estos me siento profundamente egoísta, porque no debiese extrañarte como te extraño, y aún así lo hago y es que a veces pienso que no volveré a tener algo parecido a lo que tuvimos. A veces extraño esa compañía que se hacía eterna cuando nos encerrábamos en la casa mientras la lluvia caía torrencialmente afuera llevándose los débiles arbolitos de la villa recién inaugurada, esa villa en el sur de Chile, donde estaba nuestra casa, esa casa que no era nuestra pero que nos albergaba días enteros, solitas tu y yo, con la samy en el patio ladrando, y nuestra vida de familia- clase media feliz. A veces extraño las compras en el supermercado, esas compras para encerrarnos el fin de semana sin morir de hambre, comprando mil litros de coca colita que tanto nos gusta-ba, comprando papitas krispo y rolls, fideos y quesos, para que me prepararas ese plato exquisito que tanto amo y amaré. A veces extraño cocinar, hacer comiditas ricas mientras esperaba que llegaras de la universidad, con la casa calentita y el corazón contento, y es que esas cosas tan sencillas hacen que la vida tenga un gustito diferente. A veces extraño esa ciudad preciosa, con sus colores y sus olores, con ese río gigante que se hace omnipotente cuando el aguacero no para de caer, cuando san isidro no da tregua y azota con cascadas imparables. Recuerdo a su gente, su locomoción odiosa y temeraria, sus árboles por doquier, a tus amigas que siempre me quisieron mucho, que cuando compartíamos me amaban más que a ti y que siempre fueron mis cómplices. A veces extraño el perder la noción del tiempo, dormir cuando hay que levantarse y estar despiertas cuando hay que dormir, porque la paz nos embriagaba y era la sensación más perfecta de la vida, cuando no hace falta nada más. A veces extraño tu olor y tus labios en mis clavículas y lo que eso me causaba, porque a veces pienso que mis hormonas se perdieron en el último regreso a casa, se quedaron en ese bus Concepción-Santiago, se esfumaron al recorrer cientos de kilómetros con lágrimas en los ojos, porque no hubo una puta vez en que no lloré al marcharme o al verte a través de la ventana agitando tu mano hasta perderte. Quizás en el mismo viaje perdí el amor, perdí ese inmenso amor que me mantuvo durante dos años atada a tu presencia/ausencia, ese amor que movía montañas y me hacía realizar las locuras más impensadas, ese amor que me hacía soñar despierta cada día, soñar con futuros y finales felices, y que se desvaneció sin que pudiese darme cuenta a tiempo. Finalmente a veces extraño, y esto es más a menudo que lo demás, tu compañía, nuestra complicidad, los cariños, la atención que siempre me diste, tus chocolates con café tan ricos porque eran preparados con amor, y porque nunca me quedarán como los hacías tu, las peleas y las reconciliaciones, las lágrimas, el apoyo incondicional que nos dábamos siempre, porque tu eras para mi como yo era para ti…
[Al no poder decir más Te amo con verdadero sentimiento, es mejor recordar los buenos momentos, yo ya no pude y no te engañé mintiéndole a tus ojos, mi amor ya no era suficiente para mantenerte atada a ese sentimiento tan difícil de sostener a la distancia. Aún así te extraño, y me siento egoísta, pero nada puedo hacer, porque tu recuerdo y las cosas bellas que vivimos son más grandes que el olvido]
