Un día desperté y mis ganas se habían quedado en el sueño recién apagado por la luz de la mañana. El frío me torturaba como siempre, adueñándose de mis pequeñas extremidades adoloridas, quizás por eso no reparé en la pérdida que recientemente había sufrido. Me dispuse a salir de casa, guiada por la costumbre arraigada en mi diario vivir, mas no supe donde ir. Un vacío se hacía gigante, se presentaba poderoso nublando mis voluntades (si es que las tuve alguna vez), y un extraño sentimiento se apoderaba de mi existencia. Ya no hay más sentido, nada importa, todo da igual, des-mo-ti-va-ción, una y otra vez en mi cabeza, una y otra vez en el pecho, como pus saliendo de una herida verde-azulina. Nada guía tu camino, nada te sorprende, nada te duele. In-di-fe-ren-cia. Te estás secando (pienso), te estás secando lenta y dolorosamente, marchitándote como plantita sin regar, plantita sin sol, plantita sin amor. Ya no hay vida, ni futuro ni presente, ni mañana ni después, no hay cadáveres ni cicatrices, ni brillo ni colores, perdiste el gusto y el olfato, careces de todo, sobras de nada. Lo mejor es volver al sueño, de donde nunca debiste salir.
[extraña sensación de desazón]
