Me tienes atada a tu existencia, sentenciada a tus efectos. Desde niña encuentro en ti el consuelo nocturno y el placer más culpable, en donde todo se olvida y sólo existen lluvias de sensaciones extasiadas por tu forma de llenar mis vacíos más vergonzantes. A veces esos mismos vacíos se hacen tan grandes, que recurro a ti de día, escondida y adicta, buscando la alegría y la evasión que me brindas por segundos eternos. Quiero matarte, enterrarte y culparte de todos mis males, mutilarte y arrancarte de mí, desaparecerte y olvidarte por y para siempre. Te odio profunda y dolorosamente, pues alguna vez te amé y acepté como algo natural y quizás si lo eres, pero me dañas, y ese daño es visible a mil kilómetros de distancia, ese daño me pesa y se lleva mi amor propio. Cada mañana al despertar siento la culpa, culpa rasposa y pegada en mis sienes, y siento el sabor amargo de la tristeza, siempre me ganas y no puedo dejarte. A través del espejo miro de reojo los estragos, más evidentes cada vez, más angustiantes cada vez, y esa sensación dura todo el día, y sólo logro cubrirla con un manto de indiferencia y resignación, cuando veo la sangre brotar a chorros desde mi interior y realizo el mismo ritual de cicatrización momentánea. Prometo que hoy te dejo, como lo hice alguna vez, prometo dejarte y no recaer, prometo aguantar el síndrome de abstinencia, aún si el insomnio me gana o la boca se me seca, aún si los vacíos se hacen eternos y tengo que morir un poco más cada día, porque la vida sin ti será hermosa, yo lo sé.
