Comenzó velozmente, nadie se percató de las señales. Era todo tan maravillosamente perfecto que no existía lugar a dudas o inseguridades, mas en su mente existía una voz constante, aletargada y resonante que se encargaba del trabajo sucio: "nada es perfecto, nada es para siempre y tu no eres suficiente". Siempre lo supo, su batalla estaba perdida desde el comienzo, y se arriesgó a vivir la derrota en carne propia, como esperan los sentenciados a muerte el día del juicio final, donde se pagan los errores a las tasas más altas y con intereses negreros, cobrándote por las cosas que te permitiste vivir. Se atrevió a ser especial y suficiente, aunque sólo fuese en su imaginación cursilera. El trayecto hacia su muerte irreal fue sin lugar a dudas, la mejor experiencia de su vida. Desde el cielo miraba a los desdichados que por cobardes huían del sufrimiento futuro, los compadecía y sentía la sangre en sus venas correr más rápido que nunca. Recordó esa película encontrada por el azar, donde existía un paréntesis en la vida del protagonista, el mejor paréntesis de la vida, el que nunca te arrepentirías de haber vivido, aunque esa expereciencia sólo sea para ti, porque la co-protagonista lo olvidó por cosas del destino (macabro destino). Y así como empezó, se terminó, y así como se terminó volverá a empezar, las historias tienen finales, pero la vida es un cúmulo de paréntesis reiterativos llenos de sorpresas para quienes se atreven a llorar.
[Mientras escribo esta cosita suena en la radio: "Me entrego al vino porque el mundo me hizo así, no puedo cambiar". Será una señal de evasión? (me cago de la risa)]
